
Entre las anécdotas curiosas que salpican la historia de la ciencia se cuenta el caso llamativo de dos astrónomos que constantemente discutían sobre las posibilidades que tenían los extraterrestres de llegar a la Tierra y sobre cuál sería el medio de transporte que, llegado el caso, los alienígenas utilizarían para tal fin. Las disputas entre los dos científicos, por otro lado profesionales bien avenidos, se extendían por todo tipo de publicaciones, conferencias y congresos hasta que, pasados algunos meses, alguien hizo la pregunta precisa: ¿pero ustedes tienen la certeza de que existe vida inteligente fuera de nuestro mundo?.
La polémica que se ha generado alrededor del libro “Jesús. Aproximación histórica” (PPC Editorial), escrito por José Antonio Pagola, y al que algunos sectores de la Iglesia han criticado con severidad porque, en su opinión, no transmite una imagen fiel de quien según la religión cristiana es el hijo de Dios, recuerda bastante a la anécdota anterior. Se trata de un debate falaz porque ni el Jesucristo reflejado por José Antonio Pagola en su trabajo es “demasiado científico” como le acusan sus detractores ni el Cristo defendido por los sectores más tradicionales de la Iglesia es demasiado inmovilista, tal y como esgrimen en defensa del director del Instituto de Teología Pastoral de Donostia muchos de sus valedores. En mi opinión, ambas posturas son erróneas porque el problema radical estriba en que las fuentes utilizadas por José Antonio Pagola para su trabajo son, esencialmente, las mismas que utilizan sus críticos para el suyo, es decir, los evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan, y toda una pléyade de textos que, escritos en su mayor parte por autores cristianos, se han dedicado a lo largo de los siglos a desentrañar, y sobre todo a interpretar, las múltiples capas de información que pueden hallarse en el Nuevo Testamento.
En este sentido, tanto Pagola como sus detractores, al estar constreñidos ambos por sus creencias cristianas, olvidan señalar que la mayor parte de los expertos en historia de las religiones, filosofía antigua y lingüística que investigan el cristianismo primitivo coinciden en afirmar que los evangelios fueron escritos entre 70 y 120 años después de la muerte de Jesucristo por múltiples personas (no necesariamente por “Mateo”, “Marcos”, “Lucas” y “Juan”) y que, desde luego, ninguno de los autores de los mismos había tenido ningún contacto directo con la figura de Jesús. Los evangelios, escritos tras la destrucción de Jerusalén, fueron creados por un movimiento religioso naciente y pujante con el objetivo básico de poner en práctica un apostolado pionero y conseguir fieles entre los judíos, los romanos y los gentiles de la época. Por ello, se trata de textos literarios repletos de elementos mágicos, apariciones, sucesos asombrosos, milagros y acontecimientos inexplicables que eran muy del gusto de aquellos tiempos. Pero, ¿qué sabemos de los primeros cien años de cristianismo antes de que se diera a conocer el primero de los evangelios, el de Marcos?, ¿Qué conocemos, desde un punto de vista histórico, de lo que ocurrió en los años más próximos a la presunta existencia histórica de Jesús?
El primer siglo de cristianismo que se refleja, por ejemplo, en las Cartas de Pablo se resume en la aparición de un silencio ensordecedor alrededor de la figura histórica de Jesucristo. No hay detalles en estos escritos sobre su nacimiento, su estirpe, su vida, sus enseñanzas, su doctrina o su muerte. Para Pablo, decir Jesucristo era mencionar a Dios, una entidad deífica y divina que habitaba en el Reino de los Cielos y que era el Ser Supremo, pero en las cartas paulinas apenas se hace mención a un Jesucristo de carne y hueso que protagonizara todos los sucesos, humanos y divinos, que se le adjudican en los evangelios. El profesor canadiense Earl Doherty lo ha expresado muy claramente: “Es necesario examinar el profundo silencio sobre el Jesús de Nazareth evangélico que encontramos a lo largo de casi cien años de la más primitiva correspondencia cristiana. Ni una sola vez Pablo, o cualquier otro escritor de epístolas del primer siglo, identifica su divino Cristo Jesús con el hombre histórico reciente conocido por los evangelios. Tampoco le atribuyen las enseñanzas éticas que adjudican después a dicho hombre”.
Otro elemento que interroga sobre le verdadera dimensión histórica de Jesucristo es la casi total ausencia de referencias a su figura que se produce entre los escritores y las fuentes no cristianas de la época. Salvo algunas brevísimas (apenas unas palabras) reseñas siempre indirectas halladas en la obra de contados cronistas romanos (Flavio Josefo, Tácito, Suetonio), que en su mayor parte se han revelado como fruto de interpolaciones y manipulaciones muy posteriores, el mutismo sobre Jesucristo es absoluto en la obra de los más reconocidos historiadores del momento como, entre otros, Séneca, Petronio, Plutarco o Epicteto.
Si queremos acercarnos de verdad a los orígenes del cristianismo, debemos profundizar sin miedo, y sin prejuicios, en revisar profundamente la figura histórica de Jesucristo. Actualmente, y a la luz del conocimiento científico, el cristianismo presenta todos los visos de ser una religión que, como tantas otras y como fruto muy concreto de una sociedad y de un momento histórico determinado, nació de una poderosa fuerza mítica que unió influencias del mundo helenístico, del judaísmo, de las tradiciones religiosas mesopotámicas, del gnosticismo, de los dioses paganos romanos e, incluso, de ritos espirituales que se habían instalado en el Imperio llegados desde Oriente. Por todo esto, al final, al analizar los orígenes del cristianismo tendremos siempre que recordar las palabras que el historiador Robert W. Funk, fundador y copresidente del Seminario de Jesús, escribía hace algunos años: “Como historiador, no sé con certeza si Jesús realmente existió, si él es algo más que una quimera de algunas imaginaciones hiperactivas… Desde mi punto de vista, no hay nada acerca de Jesús de Nazaret que podamos conocer más allá de cualquier posible duda. (…) Y el Jesús que los eruditos han aislado en los antiguos evangelios, evangelios que están hinchados de la voluntad de creer, puede llegar a ser sólo otra imagen que únicamente refleja nuestros más profundos anhelos”.
Sobre este Jesús entresacado del Nuevo Testamento es sobre el que no se ponen de acuerdo José Antonio Pagola y quienes reprochan a éste sus conclusiones. Ciertamente, se trata de un debate que atañe de cerca al Jesucristo de los cristianos y que concierne a las diversas interpretaciones que dentro de esta religión existen sobre la que es figura central de sus creencias. Pero debemos no confundir todo esto con el Jesucristo histórico cuyo rastro solamente podrá ser hallado con las herramientas de la investigación y de la ciencia. Los caminos de las creencias, de la espiritualidad, de los sentimiento religiosos y de la fe son, efectivamente, otra cosa. Todo lo respetable que se quiera. Pero otro cosa.